miércoles, 18 de enero de 2017

Marilyn


El tren andaba deprisa, los paisajes se desdibujaban con la velocidad. Los vagones iban abarrotados de gente, como cada mañana. Marilyn consiguió sentarse pegada a la ventana. Le gustaba ir con la cabeza apoyada en el cristal. Lo menos que veía ella era el exterior. Le gustaba la vibración que resonaba en su cerebro por efecto del ruido de las máquinas. Así se abstraía del mundo, de su propio mundo, que por cierto no le gustaba en absoluto. Cada mañana cogía el tren de las 6:30 para recorrer el trayecto de casa al trabajo. La monotonía de su mundo real la llevaba a quedarse ensimismada, imaginándose en otra casa, otra ciudad y con pareja, incluso… Todavía, pese a su pasado reciente, seguía creyendo en el amor. La crisis la forzó a trabajar limpiando las oficinas de un edificio de abogados, en la capital. Su relación no fue de rosas, también la crisis acabó con el novio, su pisito alquilado y tuvo que regresar a casa de Mamá, al norte, lejos…
Se apeó en su parada y se le cayó el bolso, joder, todo por el suelo. Otras manos que no eran las suyas cogieron cosas, lápiz de ojos, guantes profilácticos, un tampón…
- Muchas gracias… (Se quedó mirando al hombre y no pudo articular palabra)
-Tirando la casa por la ventana,... Jajajajaja         
La sonrisa se fue perfilando en la cara de Marilyn, poco a poco; sus ojos no daban crédito a lo que estaban viendo         :
- Philip…
- ¿Marilyn? Jajaja… increíble, cuántos años…
Temblaba el tiempo por su faz casi imperceptible. El torbellino interior de la mujer era turbador, volcánico. En ese momento, el tiempo se hizo nada cuando se miraron a los ojos.
El bolso ya estaba repleto de nuevo de los cachivaches que se llevaba al trabajo todos los días.
- Nunca te he visto por aquí…
- Empiezo hoy en mi nuevo trabajo
- Y yo llego tarde al mío - caminando en la misma dirección-.
Llegaron a la esquina de un gran edificio acristalado y…
- Yo me voy por aquí...         
- Y yo para allá - dijo él.         
- Me alegré mucho de verte
- Y yo...
Sonriendo, cada uno fue rumbo a su vida. Recordó cómo se conocieron, en el fondo, jamás le olvidó... Aquella historia de amor que tuvieron en la Universidad quedó inacabada. Se metió Charlie en medio y ella se fue con él. Nunca supo muy bien porqué lo hizo. La relación con Charlie arrancó, como suele pasar, en una noche de copas. Al día siguiente de aquella fiesta, le contó a Philips lo sucedido, y así fue como Marilyn cambió un amor por otro, de repente. Los tres terminaron la carrera de Derecho; Marilyn salió con el pan bajo el brazo, el padre de Charlie le tendría montado el despacho, para cuando se licenciara y su secretaria sería ella.
Aquella tarde, el camino de regreso a casa se le hizo tedioso. El tren venía con retraso. En el trabajo le fue fatal, no veía, el pulso se le aceleraba cuando se acordaba de Philip. Ni le dio tiempo de preguntarle sobre su vida, tan sólo de mirarle un segundo… los recuerdos se agolpaban en su cabeza, como un tiovivo infernal. La noche se le hizo eterna. No pudo dormir prácticamente nada. El tren de las 6:30 hoy venía medio vacío, qué extraño. Las ojeras delataban el estado de la mujer, pálida y sin pizca de maquillaje, la frustración comenzaba a hacer mella en Marilyn. Cerró los ojos, no quería observar en qué se había convertido. No quería ir al trabajo, no quería absolutamente nada esa mañana, salvo que retrocediera el tiempo…
En su parada, cuando se abrió la puerta, se lo topó de frente…
-¿Qué haces ahí? - las carcajadas resonaron en la estación, No pasó el tiempo, el sentimiento estaba intacto.
- Esperándote, vamos a tomar un café         
-Se me hará tarde..
-Por un día no te va a pasar nada…
Hoy le tocaba limpiar la parte de las oficinas de procuradores. Cerca de la una de la tarde, tocó a la puerta de la oficina y abrió la puerta…
- No puede ser... Tanta casualidad me parece imposible...
La atrajo hacia sí cerrando la puerta con llave y la besó como si se fuera a acabar el mundo… Ella se abandonó en sus brazos como tabla de náufrago, recorriendo el universo en pinceladas azules, apostando por el firmamento dorado que se le posaba en los pies y vibrando como campanillas en la cuna del bebé para que se duerma. El cielo cayó por fin en la tierra y ya todo tenía otro color. Esa tarde, el tren le parecía un crucero, y el paisaje, que por fin lo estaba viendo por primera vez, le regaló el rojo apasionado del sol yéndose a dormir, por detrás de las nubes.

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